Previamente, en Adriania…

Dragonlance – Héroes de Nordmaar

(De los festejos jubilosos de Avellana Plumaganso)

¡Imagínate, diario, que todo salió bien! ¡Logramos comer como puercos! Sentados frente a una gran mesa con jarras de buena cerveza, frutos tropicales, carne humeante y jugosa, y cientos de bárbaros festejándonos, es una vista que no ¡olvidaré… Mira tú, una abubilla, y en esta estación! ¿Pero qué estaba diciendo?

Bueno, no empezó todo así. Te dejé en el momento en que hablamos con el dragón Umbra, y le prometimos resolverle un problema de cultistas en cambio de un salvoconducto. Odio los cultistas. Son como cucarachas: resisten a todo, aparecen por todas partes, y una vez que los tienes en tu templo, invocando al dios de la muerte, no hay manera de sacárselos de encima de una vez por todas. Como sea, caminamos, caminamos por los benditos pantanos (esos zancudos insoportables! La humedad! La Irda y yo teníamos el pelo totalmente encrespado, un horror!).

Al anochecer finalmente encontramos algo prometedor: un gran charco, casi una laguna, con un túmulo en el centro con columnas de piedra, y gente encapuchada en el centro, alrededor de un fuego. Uno cada tanto esperaría encontrar un grupo de clérigos, pero no, eran cultistas, fíjate. Más todavía, eran cultistas dracónidos.

Con tío Bahn decidimos que no era cosa, y armamos un “fastball special”: yo me trepé a una columna para poder atacar con ventaja, y él la tiró abajo para poder pegarles a todos. Coordinación es nuestro segundo nombre. Tuvo éxito, eso sí, y logramos eliminar al que parecía más peligroso, aplicándole un baño de columna. Yo tuve un divertido momento en el aire: los cultistas decidieron que, si yo trepaba a columnas, ellos podían volar, y desplegaron alas. Rápidamente salté sobre uno de ellos que levantaba vuelo, le clavé mi piqueta, me desprendí de él y salté sobre el otro, atrapándolo con mi cintik. Luego de un castigo ejemplificador, este también se transformó en piedra en pleno vuelo, y tuve que decidir cómo caer. Por suerte, otra de las columnas estaba cerca, y pude rodar  sobre ella. Mientras yo viajaba por los aires, todos estaban ocupados cambiando saludos, flechazos y proyectiles. Tío Bahn estaba ocupado, por algún motivo, en darle cabezazos a las columnas. Le habrá dolido la cabeza, no sé.

Para resumir, logramos eliminar la amenaza cultista. Tuvimos bastante discusión sobre la conveniencia de continuar o no nuestra aventura hacia las tierras de los dragones rojos. Alguno la calificó de “estamos suicidándonos, lo entienden o no”, pero el consenso final fue proseguir. Finalmente encontramos un campamento de dragones y dracónidos en pie de guerra, y luego de una conversación breve y honesta, en que nuestra bárbara dio lo mejor de sí para convencer al rey, logramos que nos creyera, que no nos masticara después de rotizarnos, y que nos diera otro salvoconducto para llegar a las tierras donde encontraríamos al desgraciado que hace tiempo estábamos buscando, el rey lich.

Luego de varios días finalmente logramos alcanzarlo, mientras preparaba un gran portal para quién sabe qué. Al principio nuestros ataques no le hacían ni muesca, pero finalmente, mientras trataba de mostrarle de cerca mi piqueta y él me levantaba del cuello para ver mejor, se me ocurrió probar a ver qué pasaba dándole una poción. Digo, tenía cara de acidez, tal vez un agüita le caería bien. Desgraciadamente para él, creo que lo empaché: le metí una pócima en la boca y de una patada le cerré la mandíbula para que tragara. Pegó un grito bastante desagradable, y eso, unido a su hálito, me convencieron de no invitarlo a mis fiestas. Qué lata.

Cambiamos de estrategia entonces, y empezamos a aplastarlo con pociones, hechizos curativos, lo que fuera con tal de dejarlo descansando en paz. Cuando finalmente estábamos por reventarlo, todo se desvaneció para nosotros. Desperté tiempo después, con todos todavía descansando, el cuerpo del lich desintegrado, y el portal abierto. Luego de despertar a los demás avanzamos por él, y nos encontramos en algún punto del castillo de Nordmaar. Nos presentamos ante el rey, encontrando a uno de nuestros amigos, el buen Démenor que nos había hecho creer que estaba enfermo y en coma, diciendo ahora que nosotros éramos unos chicos malos, que estábamos conspirando. Fue un momento tenso, pero finalmente el rey nos creyó a nosotros, y Démenor se desvaneció como sombra. Quién sería? Nos amenazó un poco antes de irse, diciendo que era no sé quién. Blah.

Y ahora volvemos a donde empezamos: todos están muy felices de poder quedarse en casa. La guerra termina, y nos han regalado un lindo barco! El mascarón es precioso, hay que decirlo.

Aquí te dejo entonces, diario. Por ahora todo está bien, somos los héroes de Nordmaar, y podemos ir a donde queramos. Quién sabe qué nos espera…

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